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Costa Rica frente al espejismo del castigo: cuando el miedo no disuade al crimen organizado

Lic. Rafael Ángel Guillén Elizondo
Abogado

Articulo de opinión | El reciente decomiso de 733 kilogramos de cocaína en Liberia, ejecutado por el OIJ y la Policía de Control de Drogas, no es una simple noticia policial: es un recordatorio brutal de una realidad que algunos insisten en ignorar.

El crimen organizado no se detiene con discursos de mano dura, ni con reformas penales simbólicas, ni con el aumento de penas que, en el imaginario colectivo, prometen una falsa sensación de control.


Se ha repetido hasta el cansancio —y con razón—: el delincuente no actúa bajo la lógica del castigo futuro, sino bajo la expectativa inmediata de ganancia. La criminología moderna lo ha demostrado con claridad. El sujeto inmerso en estructuras del narcotráfico no calcula años de prisión, calcula dinero, poder y supervivencia en el corto plazo. En ese cálculo, incluso la muerte es una variable aceptada.

Pensar que la amenaza de cadena perpetua o incluso de la pena de muerte reducirá estos fenómenos es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, peligrosamente simplista.

La lógica del crimen organizado: riesgo asumido, ganancia inmediata.
El decomiso en Liberia revela algo más profundo: la existencia de una estructura logística sofisticada, capaz de movilizar grandes cantidades de droga con coordinación, información previa y redes de apoyo.

Esto no es obra de improvisados. Es el reflejo de un sistema criminal que opera como empresa. En ese contexto, el castigo penal pierde su efecto disuasivo porque: El ejecutor directo es reemplazable. La cadena de mando rara vez se expone. La rentabilidad supera con creces el riesgo individual. Existe una cultura interna donde el riesgo extremo es parte del “negocio”.

El delincuente organizado, como bien se ha señalado, prefiere una vida abundante aunque breve, antes que una larga en la precariedad. Ese es el verdadero motor del fenómeno. El error estructural: combatir síntomas y no causas, Costa Rica enfrenta un dilema que no puede resolverse únicamente desde el Código Penal. La respuesta punitiva, por sí sola, es insuficiente. El problema no es solo jurídico, es económico, social y estructural.

Mientras existan: mercados internacionales insaciables, desigualdad económica que alimenta el reclutamiento, corrupción que permea instituciones, y rutas geográficas estratégicas, el narcotráfico seguirá encontrando caminos.

Lo que sí funciona: inteligencia, institucionalidad y Estado fuerte
El decomiso en Liberia es, sin duda, un éxito operativo. Pero debe entenderse como parte de una estrategia más amplia, donde lo verdaderamente eficaz no es el aumento de penas, sino: La inteligencia policial y financiera. El fortalecimiento del OIJ y el Ministerio Público. La cooperación internacional. El seguimiento de flujos de dinero ilícito. La depuración institucional

El crimen organizado no se derrota con miedo, se enfrenta con capacidad técnica, información y Estado de Derecho sólido.
Conclusión. Cada cargamento decomisado es una victoria, pero también una advertencia: el problema sigue intacto. No basta con capturar droga; hay que desarticular estructuras. No basta con endurecer penas; hay que comprender la lógica del delito.


El discurso de que “castigar más” resolverá el problema es cómodo, pero equivocado. La realidad es más compleja, y exige respuestas más inteligentes.


Porque mientras el crimen organizado siga ofreciendo riqueza inmediata en contextos de necesidad y desigualdad, siempre habrá alguien dispuesto a asumir el riesgo. Y ningún código penal, por severo que sea, podrá cambiar esa ecuación por sí solo.

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